sábado, 27 de mayo de 2017

LA ESFERA DE LOS DESENCUENTROS


Aquel diciembre de 1996 viajé, en un ruinoso bus, de Managua a San Salvador fustigado por esas absurdas tareas que la poesía nos asigna de cuando en cuando. Había viajado a Centroamérica en busca de testimonios para una serie de artículos, sobre poetas latinos insurrectos, que había prometido entregar a la revista sueca Folket i Bild. Asimismo añoraba recorrer las ruidosas calles que anduvo Roque Dalton, aquel vate del cual hablaban con sentimiento los refugiados salvadoreños con quienes yo había compartido días de exilio en el campamento de Moheda, al sur de Suecia. Varios de esos transterrados guanacos eran oriundos de La Palma, pueblo rulfiano que por supuesto también quería conocer en mi visita al “Pulgarcito de América latina”. Tenía especial interés en ir a la casa del pintor Fernando Llort y contarle que su cruz de cerámica que había enviado a Suecia para adornar la tumba de un adolescente, coterráneo suyo, se había convertido en un elemento que despistaba por sus figuras de vivos colores a los dolientes que visitaban el camposanto principal de Jönköping.
Pero volviendo a nuestro tema, El Salvador por esos días aún se encontraba en ese estado incierto en que quedan los países después de una larga guerra. Los jóvenes de la capital procuraban encontrar de nuevo la alegría y la buena charla en humosos bares recién inaugurados en la cercanía de la Universidad Nacional, sobre la avenida que conduce a San Antonio Abad. En vista de que no pude visitar La Palma, porque las empresas de alquiler de coches consideraban que la carretera al pueblo tenía demasiados y pronunciados baches, decidí dar una vuelta nocturna por esos nacientes bares en compañía de la poeta Aída Párraga. Recuerdo que no se escuchaba en aquellos improvisados establecimientos la melcochosa música de los vallenatos colombianos ni las canciones protesta que tanto enhebraron a los jóvenes utópicos de la gran América  Latina en los años  70. Ni de riesgo. Parecía que por orden sacramental sólo se podía escuchar el insufrible sonsonete de La Macarena. Como sea, a eso de la medianoche fuimos a parar a una silenciosa taberna llamada Mallinali. Allí lo único que adornaba las paredes era un puñado de poemas garabateados y firmados por Otoniel Guevara. Para mi sorpresa era el propio poeta el amo y señor del local que a su vez era su mesa de trabajo y el espacio donde compartía con su familia. En el primer intercambio de impresiones el anfitrión me pareció un lobo solitario, una especie de derrota acorralada. Esa noche hablamos poco, quizás porque en el mustio ambiente flotaba la sensación de que en El Salvador nada había pasado empero la valentía y gran sacrificio con que los personajes del roquedaltiano Poema de amor habían enfrentado la brutalidad estatal durante la guerra. Tocamos, eso sí el tema de la firme creencia que profesan los guanacos a la brujería pero también el espinoso tema de los otrora guerreros agazapados en Guazapa, allá donde “el cielo se amamanta colgado del pezón de las montañas”.
Salí de aquel grácil lugar con los cuatro poemarios que Otoniel Guevara había publicado hasta ese entonces. De ese arrume de poemas escogí tres para traducirlos al sueco e incorporarlos en una tesina sobre la llamada poesía exteriorista latinoamericana que escribí para la Universidad de Gotemburgo años más tarde. Escogencia acertada porque la poética de Otoniel Guevara encuadra sin ningún roce en los parámetros de los versos comprometidos con la denuncia, las aspiraciones de los pueblos por la democracia y el estado de bienestar social.
Después de aquella noche de taberna triste no volví a saber del decepcionado Otoniel Guevara. Tres años más tarde nos volvimos a encontrar en el Festival Internacional de Poesía de Medellín.  El intenso ajetreo lírico de ese momento no nos permitió compartir como debiéramos haberlo hecho. Fue un encuentro apurado, como dije, pero que nos sirvió para confirmar que éramos cómplices irremediables en la búsqueda de versos esquivos.
Tendrían que pasar dos años más para volver a vernos. Eso sucedió en el Festival de Poesía de la Habana. Allí también el encuentro fue efímero y donde terció el bardo tolimense Gonzalo Escobar Téllez quien estrenaba sus Poemas para una cama cósmica, editados por Simon Editor, la misma editorial nórdica que ahora publica Mazatsihua, vocablo nahuat que en este caso deja de ser su real significado de mujer ciervo para convertirse en un recorrido por los poemas anteriormente publicados por Otoniel Guevara.
Años después, y gracias a que el mundo se achicó considerablemente con el gigantesco avance de la tecnología, recibí un correo de Otoniel Guevara quien me animaba para que le colaborara con artículos para el suplemento literario Tres mil del cual él era editor responsable. Así que, como es de suponer, cuando Otoniel Guevara renuncia a la jefatura de dicho suplemento, volvemos a entrar en la esfera de los desencuentros. El magnífico Jorge Luis Borges nos enseñaba que las amistadas no necesitan de frecuentarse para perdurar. Y yo creo que es así, que los amigos, como decimos en Suecia, son como las estrellas que aunque uno a veces no las ve sabe que siempre están ahí.

Víctor Rojas


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